Héctor Carabantes Piñón, 30 años de cura: «A los 13 años dejé de creer en Dios, fui líder sindical comunista y quería ser sacerdote para demostrar que Dios no existía»

* «Hacía como diez años que yo no creía en Dios cuando mi mamá me invitó a Misa. Me impactó una muchacha que leyó la primera lectura: Isaías 49, 14-16. No enseguida me la aprendí por la muchacha, sino que la muchacha me llamó la atención, y era aquella lectura de ‘el Señor ya no me quiere, el Señor me ha abandonado’. ‘¿Acaso hay una madre que abandone al hijo de sus entrañas o una madre que abandone al hijo que estén amamantando sus pechos? Pues aunque hubiera una mujer así, Yo jamás te olvidaré’. Se me quedó eso y, afortunadamente, tenía un amigo que aún vive, pastor protestante de los pentecostales; y le pregunté, y me empezó a hablar, pero no me satisfizo. Yo estaba aferrado a que Dios no existía, pero quería encontrar algo que me dejara satisfecho: que yo pudiera decir “sí existe” o “no existe”. Y por eso entré al Seminario»

* «Ahora para mí ser un comunista, en el buen sentido de la palabra, es seguir los pasos de Cristo, seguir la Cruz de Cristo. Alguien me llamó, en la escuela de Cuernavaca, ‘el padre que pasó de comunista a sacerdote’. Y ciertamente yo cambié la hoz y el martillo por la Cruz de Cristo. Para mí ser comunista es seguir el camino de Cristo. Todos por igual. Ahora, a mis 30 años de sacerdote y a mis 58 años de edad, ciertamente me siento muy privilegiado por Dios, muy “chiqueado”. Dios existe porque yo existo. A lo mejor mi manera de ser, mi manera de expresarme, mi manera de sentirme seguro de mí mismo no es por mi persona, sino porque soy hijo de Dios. Porque así Dios me ha determinado: ser su hijo»

Camino Católico.-  Héctor Carabantes Piñón, tiene  58 años de edad y es originario del estado de Michoacán, México, de un pueblo que se llama Charo. Héctor tenía mucho resentimiento, odio y soberbia en su corazón, pero Dios se manifestó en su vida. Un encuentro con san Juan Pablo II remató su conversión. El Padre Torín -como lo conocen de cariño- se ha enfrentado a los delincuentes de su barrio con el Santísimo y no solo eso; su corazón rebelde lo motivó a no cerrar su templo, la parroquia de Cristo Rey, en lo más duro de la pandemia del COVID- 19 en Ciudad Nezahualcóyotl en el Estado de México. Sentía que no era el momento de cerrar las puertas a los creyentes. Consideró que el poder de la Eucaristía y la oración podían ayudar a su comunidad en los momentos de muerte y enfermedad. El día 22 de junio de este año el Padre Torín cumplió 30 años de vida sacerdotal. Entrevistado por Jesús V. Picón en Aleteia cuenta porque le llama así:  “’Torín’ me empezaron a decir mis sobrinos, y todos los que están más allegados o que tienen un poco más de confianza empiezan a decirme “Padre Torín”.

– ¿Cómo fue su camino como líder sindical en la extinta Ruta 100 de Ciudad de México?

-Yo entré al Seminario a la edad de 22 años, exactamente en el año en que terminé mi carrera de licenciado en Derecho, porque soy abogado; pero antes en mi vida trabajé, desde los 16 años, en la extinta Ruta 100. 

Empecé a barrer carros. Mi padre era en ese tiempo jefe de personal de una línea de camiones que se llamaba “Gustavo A. Madero”; pero después, cuando se juntaron todas las líneas de camiones, se hizo la Ruta 100.

Yo pertenecía a un módulo, el módulo 6, y  empezaron los chóferes a emanciparse e hicieron su propio sindicato de chóferes, de trabajadores de autotransportes.

Ciertamente a los de nivel administrativo no nos tenían tomados en cuenta; pero cuando yo tenía 16 años y ya iba a cumplir los 17, me entró  esa curiosidad de: “¿Por qué nosotros no le entramos?”.

Foto: Cortesía de P. Héctor Carabantes Piñón

Yo era el más joven de toda la empresa, me decían “el niño”,  y me decían: “Sí, pero lánzate tú, lánzate tú”; y yo, con ese empuje que la gente me daba, empecé a ver quién me apoyaba.

Me ayudó un tío que trabajaba ahí, con nosotros, y también los demás; pero yo sentí después que lo hacían con temor, porque tenían una responsabilidad en la familia, pues era gente casada, era gente grande.

Entonces comprendí que me lanzaban a mí porque, me decían: “Tú no tienes nada que perder”, y yo pensé: “Pero sí tengo mucho que ganar”. Fue un desarrollarme en mis ideas.

A los 13 años dejé de creer en Dios. Yo no era una “blanca palomita”. Recuerdo que en ese cambio mi mamá me estaba pegando con una escoba, y entonces yo le jalé la escoba y mi mamá se cayó.

Se levantó mi mamá, me empezó a rematar con la escoba, y llegó mi papá, le dieron la queja, y me dieron “otra de Dios Padre”.

Ahí estaba mi abuela, y me amenazó diciendo que yo no podía hacer eso, porque Dios iba a poner un ejemplo.

Nosotros somos de Michoacán, entonces me dijo mi abuela que allá en Michoacán una muchacha le había rezongado a su mamá, y que se había abierto la tierra y se la había tragado.

¡Y ahora me estoy imaginando los socavones que están en Puebla! ¡Qué tal si me hubiera comido así la tierra! Pero no.

Ciertamente, de una u otra manera, yo empezaba mi juventud, mi edad de la rebeldía. Y pensé de esta manera: “Mi mamá me pega, mi papá me pega, viene Dios y me castiga; ¡para qué quiero a Dios en mi vida!”.

En ese tiempo estaba terminando la secundaria, para ya poder entrar a a preparatoria, y me empezaron a abrir los ojos con los movimiento socialistas.

Y me gustó, la verdad me gustó, y no tanto por el relajo que se hacía, sino que simplemente por los ideales que se tenían.

Yo empecé en el Movimiento Estudiantil Socialista de la Prepa 2, en donde entré, y llegué a ser el presidente del Comité del Movimiento Estudiantil Socialista a nivel de toda la UNAM.

Y me encantó. Participé en diferentes huelgas como apoyo, en solidaridad; así empecé.

Hubo un tiempo en que yo ya quería saber lo que era disfrutar del trabajo, y lo digo así porque ciertamente a mi edad ya no me gustaba que me dieran mis padres dinero.

empecé a trabajar de moflero en un taller de mofles; me acuerdo muy bien que me pagaban 50 pesos a la semana.

Mi papá, como era jefe de personal, me dijo: “¿Quieres trabajar? ¿De verdad quieres trabajar?”. Yo dije que sí, y me metió a trabajar donde él trabajaba, pero de barrendero.

Fue mi decepción muy grande, que mi padre, jefe de personal, me metiera para barrer carros.

Pero le doy gracias a Dios, y le doy gracias a él, porque me enseñó a trabajar desde abajo.

Y llegué a ser secretario de la sección de Administración en el Módulo 6 de Ruta 100, y también fungí como presidente de la Comisión de Escalafón de Empresa y Sindicato para regular los salarios a todo el nivel Distrito Federal.

Foto: Cortesía de P. Héctor Carabantes Piñón

Mi iniciación de por qué no creía en Dios fue esa, en la preparatoria; aquella acción de que Dios no existía me gustaba.

Pero en una ocasión un maestro empezó a hablar mal de la Iglesia, del Vaticano. Yo ni sabía que decían que el Vaticano es el país más poderoso, y con los espías más grandes del mundo, etcétera, y que todo ese dinero se lo deberían dar a los pobres.

Entonces yo dije: “Oiga, maestro, ¿usted ha ido al Vaticano?”, y me respondió que no, así que le dije: “¿Entonces por qué se pone a hablar así?”.

Me respondió: “Porque me lo han dicho y lo he estudiado”. Le dije: “Pero yo, cuando digo algo, es porque yo estoy comprobando lo que es”. Y entonces me dije que yo, si quiero saber las cosas, que sea por mí.

Así que no quise creer en Dios porque a mí nunca me probaron que Dios existía.

Y entonces, ¿cómo iba a aceptar las cosas nada más porque me lo decía otro? Y eso de que Dios no existía fue uno de los problemas más grandes que tuve en la casa.

Mi papá, que en paz descanse, desde pequeño estuvo en la iglesia, y en esos tiempos, como la Misa se ofrecían en latín, el único que contestaba al sacerdote era el acólito.

Mi papá fue mucho tiempo acólito de niño, y se sabía la Misa desde la entrada hasta el final, en latín, ¡él se la sabía!, y era un hombre que nada más había estudiado hasta quinto año de primaria.

Me acuerdo muy bien que me decía: “Si no crees en Dios, te largas mucho a….”, como hablaban los papás anteriormente.

Yo le dije: “Mientras no me compruebes que Dios existe, me voy con mucho gusto!”.

Y así eran los pleitos, hasta que en una ocasión verdaderamente mi papá me corrió de la casa, pero no por malas acciones sino no porque yo no quería creer en Dios.

Cuando yo me salí de la casa, me acuerdo muy bien que a donde llegué fue a la Basílica de Guadalupe.

Shutterstock | alex neumayer

Yo trabajaba para Ruta 100, allá por Ticomán, porque ahí estaba el módulo; y dos veces al día pasaba al trabajo por la Basílica de Guadalupe.

Pero nunca, nunca, nunca, nunca, nunca me dio curiosidad por entrar ni nada de eso, sino que simplemente yo pasaba y admiraba la construcción, porque antes, en todo lo que es el atrio mariano, había arcos de cantera, y a mí me gustaba mucho esa arquitectura.

Pero entrar al templo te aseguro que no, hasta que un día llegué ahí a la Basílica nueva.

Y yo según estaba hincado ante un sacerdote le platiqué lo que me había pasado. Y el sacerdote, que recuerdo muy bien su nombre -Jesús Flores, del Opus Dei- me dice: “No, tú lo que necesitas no es una confesión sino una dirección espiritual”. Pues vale.

Fui a su parroquia, allá en la Santa Veracruz, en la Alameda Central, y me  sentó y me dio un libro.

Me acuerdo muy bien del nombre del libro, que se llamaba Señor, dime tu Nombre, pero no me acuerdo del autor.

Yo lo estaba leyendo y yo veía que el padre caminaba de un lado a otro, y yo creo que se acordó de que yo estaba ahí; entonces me agarra la cabeza y me dice: “Hijo, no te preocupes: te voy a hacer un santo”.

Yo me quedé “de a seis”, lo barrí de arriba abajo, y pensé: “Este amigo está loco”, y me salí.

Me salí y ya no volví a querer saber o que me dijeran algo, hasta cuando en una ocasión yo iba a la escuela.

La escuela estaba cerca de la casa y me iba caminando, y en una ocasión, caminando hacia la casa, pensé: “¿Y si yo fuera sacerdote para descubrir que Dios no existiera?”. Y de ahí me agarré.

Tenía mi novia, y el domingo la invité al cine y le platiqué: “Oye, fíjate que hace unos días pensé que si yo fuera sacerdote”,  y me dice mi novia: “Estás loco”. Y eso fue lo que yo creí: que estaba loco.

Pasó el tiempo; yo seguía con mi trabajo y ya habíamos ganado la lucha de Ruta 100. Yo te digo que pertenecía a la sección del Módulo 6 en Ruta 100 y tenía tanta gente, tanta gente…

Éramos casi 10 mil trabajadores, de los que podríamos decir que yo los organizaba en la lucha.

No directamente yo todo, sino a través de un comité en el que estaba Ricardo Barco, Gabino Camacho, Ernesto Ávila, y entre ellos mi tío, que también estaba ya en el Comité Central; pero yo estaba en el Comité Central por lo de la Comisión Mixta de Escalafón.

Foto: Cortesía de P. Héctor Carabantes Piñón

Ganaba yo tanto dinero del sindicato que mi sueldo no lo tomaba en cuenta, porque en el sindicato era todo pagado, todo pagado.

No te digo que yo me daba una vida de lujos, sino que me gustaba vivir bien o estar bien. Tú me conociste gordo, pero antes no, antes me sabía cuidar y me quería cuidar, y me cuidaba mucho.

– ¿Era bueno para los golpes?

– No; nunca, nunca me gustó pelear. Eso sí, me gustaba hablar. Usar argumentos en las oratorias.

A mí me podrán acusar de lo que sea, menos de borracho, de ratero o de acosador. ¡Nunca de eso! Yo tengo principios muy bien establecidos por mi familia.

Después me comisionaron en el sindicato, y cuando nos llegamos a organizar con todos los módulos a nivel administrativo, ya no nomás éramos mi tío y yo, sino que teníamos más personas que nos apoyaban.

Y ahí se me empezó a caer el encanto de los sindicatos, porque ellos ya tenían sus carteras a ver a quién le tocaba qué cosa.

A mí no me gustaba eso porque yo decía: “¿Entonces dónde está la democracia? ¿Para qué mandamos llamar a la gente?”.

Me acuerdo muy bien que por el metro Moctezuma, en la calle 11, hicimos nuestra primera reunión.

Y que yo metí a mi gente, que eran como unas 350 personas del módulo al que yo representaba.

Entonces, cuando empezó la asamblea, yo me salí de la asamblea para que no me dijera ni me nombraran en ninguna cartera, precisamente porque ellos ya las tenían elegidas. A  mí eso nunca me gustó, y por eso fue que me salí.

– ¿Qué nos puede decir sobre su participación en el Partido Comunista, de pensamiento marxista-leninista?

– Yo había empezado la preparatoria cuando llegó con nosotros Valentín Campa a pedirnos apoyo, y decía que “Con la hoz y el martillo derrotaremos a Portillo”, y lemas así.

Me invitó, y yo, como presidente del Movimiento Estudiantil Socialista, y él, como fundador de ese partido (Partido Socialista Unificado de México, n.d.l.r.), empezamos a trabajar juntos.

Estuvimos en la huelga de Trailmobile, y en la huelga de la UNAM que tuvo lugar en el 79.

Cuando estábamos en la oficina de Evaristo Pérez Arreola, que era en ese momento el líder del sindicato de la UNAM, el STUNAM, él mismo dijo: “Se acaba la huelga”.

No sé qué le dijeron, pero de ahí salió, entre mí y otros, aquel poema de “las manos del rompehuelgas”.

Yo me empecé a desencantar de todos esos movimientos. Luego escuché  a don Óscar Arnulfo Romero, que vino a México y, después de la Basílica de Guadalupe, dio una conferencia en un hotel en Reforma.

– ¿Y qué pasó cuando entró usted al Seminario? ¿Seguía con la idea de demostrar que Dios no existe?

– Sí.

Foto: Cortesía de P. Héctor Carabantes Piñón

– ¿Qué edad tenía usted?

– Yo tenía 22 años, y estaba recién terminada mi carrera de licenciado en Derecho.

– ¿Usted era abogado, tenía una carrera sindical  y estaba ganando dinero?

– Sí. Yo nunca les dije a mis padres la razón por la cual me metía, pero yo quería esa demostración.

– ¿No creía en Dios y era comunista?

– Sí, y esa fue una de las motivaciones. Obviamente, cuando aquel sacerdote dijo que me iba a hacer un santo yo no acepté. Pero anduve buscando.

A mí me gustaba mucho el fútbol americano, y me acuerdo que en el 83 o en el 84 estaba la gran final, pero mi mamá me dijo: “Acompáñame a Misa”.

Yo le contesté: “¿Yo por qué? Que vayan contigo mis hermanas”. Y me dijo: “Es que no hay nadie”.

Hacía como diez años que yo no creía en Dios cuando mi mamá me invitó a Misa. Me impactó una muchacha que leyó la primera lectura: Isaías 49, 14-16.

No enseguida me la aprendí por la muchacha, sino que la muchacha me llamó la atención, y era aquella lectura de “el Señor ya no me quiere, el Señor me ha abandonado».

«¿Acaso hay una madre que abandone al hijo de sus entrañas o una madre que abandone al hijo que estén amamantando sus pechos? Pues aunque hubiera una mujer así, Yo jamás te olvidaré”.

Se me quedó eso y, afortunadamente, tenía un amigo que aún vive, pastor protestante de los pentecostales; y le pregunté, y me empezó a hablar, pero no me satisfizo.

Yo estaba aferrado a que Dios no existía, pero quería encontrar algo que me dejara satisfecho: que yo pudiera decir “sí existe” o “no existe”. Y por eso entré (al Seminario).

– Padre, ¿cómo es un comunista?

– Pues yo creo, para mi forma de ver y para la forma en que yo lo viví: un comunista es un iluso, que vive en quimeras.

Hay cosas que debemos ir cambiando, ciertamente. A mí alguien me dijo: “Si vives en México y quieres ser alguien aquí, le tienes que entrar al sistema, u olvídate de todo lo que quieres ser”.

Por eso para mí es un soñador de poder cambiar las cosas, de poder saber que las cosas estén bien, y de poder luchar por las cosas.

Pero ahora me he dado cuenta de que, para poder cambiar, tengo que cambiar yo mismo; no hacer que cambie la gente según mis criterios, eso nunca me ha gustado.

Hacer conciencia en la gente, pero de ella misma; es realmente lo que quiere, es realmente lo que sueña, es realmente lo que añora para que verdaderamente ella se vaya desarrollando.

El comunismo, teóricamente, es poner todo el común; y eso es lo que me convenció. En Hechos de los Apóstoles todo lo ponían en común, y no había envidias, y todo lo hacían por el amor; pero en el comunismo es con el odio y con la soberbia.

En la Escuela de Líderes Católicos he conocido a algunas personas de Centroamérica que están también desilusionadas del comunismo.

El propio Daniel Ortega era una de las gentes clave para mí, muy importantes, que se volvió un dictador. Y el mismo Fidel Castro.

– ¿Usted admiraba a Fidel Castro?

– En partes, en partes. El “Che” Guevara, ese sin duda tenía mi admiración, “hasta la victoria definitiva”.

Foto: Cortesía de P. Héctor Carabantes Piñón

Ante estas cosas, tal vez por la sensatez, o la madurez, ahora para mí ser un comunista, en el buen sentido de la palabra, es seguir los pasos de Cristo, seguir la Cruz de Cristo.

Alguien me llamó, en la escuela de Cuernavaca, “el padre que pasó de comunista a sacerdote”.

Y ciertamente yo cambié la hoz y el martillo por la Cruz de Cristo. Para mí ser comunista es seguir el camino de Cristo. Todos por igual.

– ¿Cómo fue su conversión a partir de su estancia en el Seminario?

Yo era abogado, y con el padre rector, que me había admitido, de una u otra manera nos hicimos amigos; yo le llevaba sus asuntos, porque era su secretario particular o personal.

Me dijo que yo nada más iba a estudiar 5 años para poder ordenarme, y yo le creí porque él era un hombre cabal.

Pero, desafortunadamente, se muere cuando iba entrar yo al cuarto año, y llegó su hermano carnal al seminario y tiró todo lo que había hecho el padre rector.

Nada más el tiempo en el que yo le pude ayudar fue mientras le enseñé todo el manejo del Seminario y le enseñé quiénes eran los grandes bienhechores que tenía el Seminario.

Y después me dijo así, con todas las letras: “Qué bueno, sigue participando”. Y le comenté lo que había dicho el padre rector sobre mí, y me contestó: “No, aquí son 6 años, y eso si quieres”.

En ese tiempo yo no tenía diócesis, porque yo estudié en el seminario de vocaciones adultas, la obra nacional para las diócesis más necesitadas.

Entonces él me dice: “Tienes que estudiar los 6 años. Y, si quieres, te voy a mandar a Ciudad Altamirano”.

En ese tiempo el obispo de Ciudad Altamirano era Raúl Vera, que había salido de los dominicos. Me dio otra opción: “O te vas a Texcoco”.

Y yo le dije: “No, yo soy de Nezahualcóyotl, ¿por qué no me da permiso a ver si ahí  me admiten”.

Y me contestó: “Es que nos has salido muy caro”, y explicó: “Es que a ti nunca te mandamos a tu casa cuando estabas enfermo, y el Seminario lo pagó”; lo decía porque a mí me operaron dos veces.

Agregó: “Te hemos mandado estudiar a la Pontificia, y tú nunca pagaste un centavo”. Entonces yo reproché: “¿Me está cobrando todo lo que me dieron?”. Y me fui. Eso fue en el mes de junio, me fui antes de que terminara el curso.

Entonces me escribió un padre, que es mi padrino de ordenación sacerdotal; me informó que íbamos a entrar el 22 de septiembre al siguiente curso.

Yo ya había conseguido trabajo, pero se fue acercando ese día y les pedí a mis papás: “Llévenme al seminario”.  Me preguntaron por qué, y les dije que nada más quería recoger mis cosas.

Yo sabía que no me iban a admitir después de lo que hice; pero me llevaron y, cuando llegué hasta la puerta me pregunté: “¿Por qué estás aquí, si tú decías que no creías en Dios? Si tú ya descubriste que Dios, de una u otra manera existe, pero tú no lo quieres aceptar, ¿por qué estás aquí? Mira, si te abren la puerta y entras, tú ya estuviste aquí porque quisiste, y si estás regresando es porque Alguien más grande te lo está pidiendo”.

En ese tiempo todavía no le dije “Dios”.

Y entré, y llegué con el rector, y me recibió con un abrazo y me dijo: “¡Qué bueno que regresaste! Deberías empezar a hacer tu solicitud para diácono”.

Me cayó de sorpresa. Él era un hombre alto, yo le llegaba al pecho, y yo me sentí más chiquito todavía.

Eso fue en septiembre de 1989. En mayo de 1990 llegó el Papa Juan Pablo II, y me mandaron con él. En noviembre, en la fiesta de Cristo Rey, me ordenan diácono.

A los 6 meses exactamente, el 22 de junio de 1991, yo salí del seminario a las 7 de la mañana, y a las 11 de la mañana me estaban ordenando sacerdote. ¿Coincidencia? Para algunos. Para mí es un gran cariño que Dios me tiene.

– Entonces, cruzando la puerta del seminario cuando usted regresó, ¿la vida le cambió?

– La vida me cambió. Totalmente.

Pero hasta la fecha soy un poco rebelde, no me gustan las injusticias.

– Padre, ¿qué significó para usted el encuentro con Juan Pablo II?

– Fue algo inexplicable, porque, cuando nos mandaron llamar, a mí me hicieron a un lado. Pero llegó el que llega antes a las ceremonias, y el padre de aquí le indicó: “Pues ya está Fulanito, Zutanito y Perenganito”, pero el ceremoniero le contestó: “Sí, muchas gracias, pero yo soy el que organizo”.

Y me escogió a mí y a otro para ser acólitos. De los 11 que éramos, los dos diáconos y los dos acólitos íbamos a entrar con el Papa, desde la recepción hasta la oficina que le hicieron, y de la oficina al oratorio personal que tenía.

Al oratorio personal sólo entramos los dos acólitos, y de los dos acólitos que entramos, a mí fue al único que abrazó.

Foto: Cortesía de P. Héctor Carabantes Piñón

Yo me acuerdo que en ese abrazo me dijo: “¿Cómo te llamas?”. Contesté: “Me llamo Héctor”. Y preguntó: “¿Y qué pides?”.

Le digo a la gente que, si yo fuera ambicioso, le podría haber dicho: “Quiero ser obispo”; pero a la pregunta: “¿Qué quieres?”, yo le contesté: “Su bendición”.

Entonces me bendijo y no me dio regalo, no me dio rosario, porque él acostumbraba dar rosarios. ¡Pero para qué quería un rosario, si tenía lo más valioso, su abrazo y su bendición!

– ¿Y ese fue el momento culmen de su conversión?

– Yo creo que sí. Porque, ahora lo digo, si Dios me volviera a dejar nacer, yo en ningún momento dudaría de Él.

¿Y sabes con qué quiero terminar? Cuando yo le decía a mi papá:  “Demuéstrame que Dios existe”, si él me hubiera contestado “no seas tonto; Dios existe porque tú existes”, me hubiera callado la boca.

Ahora, a mis 30 años de sacerdote y a mis 58 años de edad, ciertamente me siento muy privilegiado por Dios, muy “chiqueado”. Dios existe porque yo existo.

A lo mejor mi manera de ser, mi manera de expresarme, mi manera de sentirme seguro de mí mismo no es por mi persona, sino porque soy hijo de Dios. Porque así Dios me ha determinado: ser su hijo.

– ¿Qué ha significado para usted ser sacerdote en Ciudad Nezahualcóyotl, una ciudad con una historia permanente de violencia, pobreza, miseria, narcotráfico, secuestros…? ¿Cómo es estar en un territorio a veces “tierra de nadie”? ¿Cómo le va a usted con los “halcones”, con los traficantes?

– Los primeros 5 años de mi vida sacerdotal yo los pasé como formador y ecónomo del seminario.

Cuando cumplí exactamente 5 años de mi vida sacerdotal me mandaron a la primera parroquia, que es María Reina, en la zona norte de Nezahualcóyotl.

Ahí había exactamente todo eso que me estás diciendo, pero yo empecé a luchar contra eso exponiendo el Santísimo a diario.

Y a los 13 años me mandan a donde estoy ahorita, a la parroquia de Cristo Rey. Tengo 18 años de ser coordinador diocesano de la pastoral social.

Y tengo los mismos 18 años de ser asesor diocesano de la Renovación Carismática Católica.

Yo creo que, movido por Dios y sostenido por su Santo Espíritu, se ha hecho algo bueno, porque ahora yo salgo a la calle y, me decían unos seminaristas, “nada más falta que los perros muevan la cola”, porque todos me conocen y todos me saludan.

– ¿También los sicarios, los diferentes cárteles? Porque han estado ahí todos: la “Familia Michoacana”… ¡Todos!

– Estuve amenazado y extorsionado por un grupo, pero al último se hicieron mis “amigos”.

Bueno, porque yo les daba dinero, y les decía: “Lo único que pueden hacer es matarme, y si me matan se les acaba su minita de oro”, así que me cuidaban.

– ¿Ha habido conversión en alguno de ellos, que usted sepa?

– No de ese tipo de gente; pero sí te puedo asegurar que de drogadictos y de mafiosos sí. Sí, sí, sí.

Aquí llegó alguien y me dijo apenas: “Si yo vi que usted pudo, ¿por qué yo no?”. Pues adelante, adelante.

Hay quienes me dicen: “Yo quiero ser sacerdote para traer ese carro que trae”, y contesto: “Pues si eso te motiva, adelante. Pero éntrale, porque no todos le entran a los trancazos”.

– ¿Entonces usted con el Santísimo enfrentó la delincuencia, las inundaciones, los muertos y todo lo que hay en Neza?

– Sí, hasta la pandemia. Yo nunca, nunca cerré la iglesia durante la pandemia, aunque teníamos la orden de no abrir las iglesias.

Pero yo me decía: “Si es el momento más difícil de la vida de la gente, ¿les cerramos las iglesias? ¡Por favor! De por sí la gente no viene, ¡cómo cerrarles las iglesias en el momento en que se tienen que apoyar más en Dios!”.

Y les exponía el Santísimo. Obviamente yo no dejaba que se aglomerara mucha gente, pero les exponía el Santísimo, y ahí venían a orar.


Para entrar en el catálogo y en la tienda pincha en la imagen

Comentarios 0

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *