El padre Gaétan Kabasha, antes de ser sacerdote, sobrevivió a un genocidio, dos guerras, deportaciones y detenciones: «Viví como un prófugo y vi la mano de Dios»

* «Mi vocación era el elemento que mantenía viva mi esperanza. Refugiado o no, tenía que ser sacerdote. Habiendo agotado mis recursos humanos, me abandoné en manos de Dios e imploré su ayuda. Él, que me había salvado del cólera, las aguas contaminadas, la miseria y el hambre en los campos, no iba a abandonarme ahora»

Vídeo del programa Donde Dios Llora, producido por CRTN,  con el apoyo de ACN, en que el padre Gaétan Kabasha explica su testimonio pormenorizado en una entrevista realizada por María Lozano

* «Madrid supuso un renacer en todos los sentidos, y cuanto más recordaba mi pasado, más veía la mano invisible de Dios a mi lado. Sobre las ruinas de mi historia había nacido una rosa. Empezaba una nueva vida en la que iba a vivir un aventura extraordinaria con Dios. ¡Estamos salvados por Cristo! Yo no entiendo a un cristiano angustiado. La alegría tiene que ser el exponente de una vida llena de Cristo, tiene que ser esa chispa que brota de una vida de fe. La alegría es una muestra de esperanza»

Camino Católico.- Gaétan Kabasha siempre dice que es “un especialista de las guerras, no por combatir, sino por sobrevivir a ellas”. También al genocidio, al cólera y la malaria. Persiguiendo su vocación, recorrió miles de kilómetros huyendo de la muerte, las milicias y los servicios secretos. Aprendió varias lenguas e incluso fue operado de una hernia sin anestesia en la mesa de un comedor.  En el año 2003 fue ordenado sacerdote en la República Centroafricana.

Estas son algunas de las aventuras que llevaron a este joven seminarista de Ruanda hasta Madrid, -donde ahora es capellán de hospital. El padre Gaetan ha visto muchas lágrimas, pero su testimonio está lleno de amor, de reconciliación y de entrega a Dios y a los demás. Lo cuenta J.M. Carrera en Religión en Libertad.

Los niños veían como degollaban a sus padres

El padre Gaétan nació en Ruanda en 1972, en el seno de una familia cristiana de agricultores. Vivía con sus abuelos cuando supo que tenía vocación al sacerdocio, y entró al seminario en 1994, cuando estalló uno de los mayores genocidios contemporáneos.

Los hutus, la etnia mayoritaria en Ruanda, atribuyeron el asesinato del presidente Juvenal Habyarimana a la etnia rival, los tutsis, sobre los que ejercieron un brutal genocidio. Tras una rápida guerra civil y la posterior matanza, murieron cerca de un millón de personas, la mayoría tutsis.

“Recuerdo aquel día como si fuese ayer. Se habían producido masacres en todos los rincones de Ruanda. Muchos niños habían presenciado como degollaban a sus padres.  Avanzábamos lentamente entre una multitud que se precipitaba hacia el exilio como si fuera la salvación, y los que no estaban físicamente muertos, andaban como una sombra”. 

Cientos de miles de personas huyeron desesperadamente de Ruanda al comenzar el genocidio

Intérprete, médico y dentista refugiado

Al salir de Ruanda, el seminarista y sus conocidos lo perdieron todo. “No solo los bienes materiales, sino la esperanza de un futuro mejor. Mi vocación era el elemento que mantenía viva mi esperanza. Refugiado o no, tenía que ser sacerdote”.

Durante más de un año, el joven seminarista permaneció recluido en varios campos de refugiados en la frontera del Zaire aún gobernado por Mobutu (en 1997 el país pasó a llamarse República Democrática del Congo). Allí ejercía de intérprete, agente de salud comunitaria e incluso dentista improvisado. En agosto de 1995,  supo que Zaire iba a devolver a los refugiados a Ruanda.

“No puedo estudiar ni decir que soy seminarista si no tengo seminario ni obispo, que ha sido asesinado. Pero al mismo tiempo algo me decía: `tú vas a ser sacerdote´”.

Por su cuenta y riesgo, el seminarista dejó el campo buscando a alguien que le ayudase a llegar a la República Centroafricana para terminar sus estudios.

Un milagro tras otro hasta llegar al Congo

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Unas hermanas le ayudaron a conseguir un documento de identidad falso para atravesar el Congo. Cuando ya tenía el billete de avión para Isiro, en el norte de Zaire y cerca de República Centroafricana, fue consciente de su delicada situación. No tenía dinero, no sabía hablar el idioma, el lingala y sus documentos no pasarían el filtro de aduanas.

“Habiendo agotado mis recursos humanos, me abandoné en manos de Dios e imploré su ayuda. Él, que me había salvado del cólera, las aguas contaminadas, la miseria y el hambre en los campos, no iba a abandonarme ahora”.

Una monja que también iba a Isiro, la hermana Catherine, le ayudó. “Es un seminarista que viene a estudiar con nosotros. Viaja conmigo”, le dijo al inspector antes de que les diese los billetes de embarque. La hermana y el seminarista lograron acceder al avión, pero Gaétan sabía que no podría salir.

Al aterrizar, un militar entró en el avión. “¡Señor, protégeme!” rezó el joven. “Preguntó si la hermana Catherine viajaba en el avión, y le dijo que el obispo estaba esperándole al otro lado del control. La hermana me pidió que la siguiera. Todo había sido un desencadenamiento de acontecimientos milagrosos, uno tras otro, y no paré de dar gracias a Dios”.

Con los servicios secretos pisándole los talones

En Zaire, “los servicios secretos estaban por todas partes. Te podían considerar un espía y podías desaparecer”, recuerda Gaétan. Las cuatro semanas que el seminarista pasó allí estuvo sometido a la vigilancia del Servicio Nacional de Inteligencia, célebre por sus torturas y que también investigaba a los inmigrantes.

Nada más llegar, el seminarista comenzó a preparar su siguiente viaje hasta la República Centroafricana en un autobús de los misioneros combonianos. Cuando tenía todo listo, tres hombres le hicieron una señal para que se detuviera.

“Seguridad presidencial. ¿Nos puedes decir por qué no hablas lingala?”, preguntaron. Comenzaron un interrogatorio del que el seminarista sospechaba que no saldría con vida hasta que les enseñó sus papeles recién conseguidos. “Tienes suerte. Morirás en otro sitio. Buen viaje”, le despidieron.

A punto de morir de malaria e inanición, estalló una nueva guerra

Gaétan comenzó un viaje de semanas por la selva, sin comida y en el que contrajo la malaria, hasta que llegó a la República Centroafricana. Nada más llegar, “los países de la región, para evitar la internacionalización del conflicto, emitieron un decreto que mandaba devolver a los ruandeses a los campamentos de refugiados. Fue como un clavo en el cerebro. Y me devolvieron al Congo”.

Extenuado, el seminarista difícilmente encontraba motivos para seguir luchando. “Tenía la impresión de haber perdido la esperanza”.

Gaétan decidió presentarse en el obispado, donde estuvo un año y medio hasta que estalló una nueva guerra. “El conflicto vino de Ruanda, que quería derrocar a Mobutu. Emitieron un comunicado diciendo que había que detener a todos los ruandeses y a mí me detuvieron considerándome espía y tuve que vivir como un prófugo”.

Con la vida en peligro a cada paso que daba en el Congo, rodeado por las autoridades y con los ruandeses pisándole los talones, Gaétan se disfrazó de congoleño y consiguió los documentos necesarios para emigrar nuevamente a la República Centroafricana.

Operado sobre la mesa de un comedor sin anestesia

Una vez en este país, comenzó a sentir un ligero dolor en la pelvis que empeoraba por minutosTenía un principio de hernia, allí no había medios para tratarle y el doctor que le atendía no tenía jurisdicción para operarle. «Solo nos queda una opción», le dijo el médico, «cruzar el río a primera hora de la mañana y operarte en Zaire». 

El día escogido, cuando Gaétan vio que le trasladaban a una cabaña se temió lo peor. Le operaron sobre una mesa de un comedor, sin luz, instrumentos y una anestesia cuyo efecto no tardo en irse. «Fui consciente de toda la operación, en medio de grandes dolores. También tuve una fuerte infección tras la operación y una fiebre tan alta que parecía que iba a perder el conocimiento, pero las hermanas de Bondo se encargaron de cuidarme».

Un renacer en el seminario de Madrid

Al fin, el seminarista tuvo una buena noticia cargada de esperanza. “Un obispo me acogió y me envió al seminario de Bangui, donde estuve dos años y después me envió a España, en 1999. Habían pasado cinco años desde que salí de Ruanda. Para mí era un milagro. Empecé en el seminario de Madrid e hice 4 años”.

Finalmente, tras años de agónica huida y supervivencia, Gaétan fue ordenado diácono el 25 de junio de 2003, en una abarrotada catedral de la Almudena. “Madrid supuso un renacer en todos los sentidos, y cuanto más recordaba mi pasado, más veía la mano invisible de Dios a mi lado”.

El Padre Gaetán sintió un llamado a trabajar con los enfermos. Una vez concluidos sus estudios en España volvió a África, donde fue ordenado sacerdote, en la diócesis de Bangasso a la que pertenece en noviembre de 2003: “Sobre las ruinas de mi historia había nacido una rosa. Empezaba una nueva vida en la que iba a vivir un aventura extraordinaria con Dios”.

Allí trabajó como párroco en una parroquia rural y estuvo en contacto con mucha pobreza, de la que recuerda: “No hay material, no hay medicamentos, hay niños que están perdidos, aldeanos que viven solos y no tienen qué comer”

El Padre Gaétan hace hincapié en la educación en África.

Además se encargaba del desarrollo, había que construir escuelas y poner en marcha una farmacia. Por sus mismos estudios tuvo que volver a España y quiso atender su llamado de trabajar con los enfermos.

Despacho del capellán en el hospital San Carlos de Madrid

Acabó con el exilio después de diecinueve años y volvió a su país a ver a sus padres. Lo más duro fue el conjunto; no ver a mi familia y adaptarme a las circunstancias.

Actualmente vive en Madrid y es capellán del Hospital Clínico San Carlos.

Este sacerdote, sin embargo, ha mantenido la alegría: “¿Qué vamos a hacer angustiados?”, se pregunta. Y exclama: ”¡Estamos salvados por Cristo! Yo no entiendo a un cristiano angustiado. La alegría tiene que ser el exponente de una vida llena de Cristo, tiene que ser esa chispa que brota de una vida de fe. La alegría es una muestra de esperanza. Incluso en un hospital que es como una aldea completa donde encuentras de todo. He pasado por tantas desgracias que he superado ya esa ansiedad de desesperación. Lo que veo ahora no tiene nada que ver con lo que vi en el pasado y que he conseguido superar y eso es como el propósito de mi vida”.

El padre Gaétan nunca se enojó con el Señor: “Dios permitió de alguna manera desde su infinita bondad y misterio que pasara por ese mundo que es desconocido. Porque no han sido muchos los sacerdotes que han vivido dentro de un campo de refugiados, que han tenido que sobrevivir pasando de pueblo en pueblo, que han tenido que haber pasado de frontera en frontera o incluso haber pasado casi por la cárcel y vivir como exiliados. Esto es parte de mi patrimonio y se repercute seguramente en mi vida sacerdotal, lo quiera o no. Mi vocación tuvo que pasar por ahí para ser quien soy ahora. Cuando vives la historia dentro de la historia no tienes tiempo de interpretar. Es hasta después cuando entiendes el sentido de esa historia; yo lo que vi fue la mano de Dios”.


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