Quinto día: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿ porqué me has abandonado?”

Penetrar en el interior del sufrimiento

             En cierto modo, Jesús ha venido al mundo para recrearlo, volver a darle su verdadero sentido, arrancarnos de nuestra visión demasiado humana, que nos limita, nos impide esperar y nos encierra en la imposibilidad. Porque, " para Dios no hay nada imposible".

            Si no nos sumergimos en el corazón del silencio para gustar esta recreación, para impregnarnos de la gracia de Jesús, para compartir su visión, corremos el riesgo de extenuarnos por culpa de la acción, de "las cosas por hacer", sin comprender la asombrosa novedad de dicha visión.

            Nos han enseñando, por ejemplo, que debemos "hacer el bien al pobre", pero la visión del Evangelio va mucho más allá: nos revela que es el pobre quien nos hace el bien a nosotros, que es él el que es fuente de la vida. Una madre lo sabe bien; es su pequeño, cuando sonríe, cuando se vuelve hacia ella, cuando la llama, quien le da vida.

            También sabemos que el pequeño está llamado a hacerse adulto, pero para Jesús es el adulto que debe hacerse pequeño. Es toda una inversión de nuestras certezas humanas : no entraremos en el reino de los Cielos haciéndonos cada vez más grandes, más sabios, más poderosos, sino volviéndonos como niños pequeños, porque el Reino es un misterio de comunión.

            Si nos acercamos al pobre, al pequeño, no para "hacerle el bien", sino para estar en comunión con él, entonces nos acercamos a Dios y entramos en comunión con Él. Entramos en la celebración que nos hace descubrir el corazón de Dios.

            También nos han enseñado, si no a vengarnos, si a exigir, al menos, justicia: "ojo por ojo y diente por diente" es la norma que rige las comunidades humanas. Es normal querer protegerse, responder a la agresión con la agresión o la represión.

            Pero Jesús dice algo distinto. Dice: "ama a tus enemigos". Deja caer tus sistemas defensivos. No tienes necesidad de protegerte, yo soy tu protección. La salvación del mundo no depende del incremento de las armas ni de promulgar leyes más represivas, sino de nuestra capacidad de amor y de perdón, de nuestro deseo de reconciliación y de nuestro amor a los enemigos.

            Espontáneamente nos horroriza el sufrimiento; es algo que no hemos necesitado que nos enseñaran: todos tenemos miedo de él. Pues bien, Jesús ha venido a darnos una nueva visión del sufrimiento. La actitud más generalizada es escandalizarse de su existencia y esforzarse por eliminarlo, aunque los filósofos hayan intentado justificarlo como una purificación necesaria, aunque algunos, por ejemplo los estoicos o los yoguis hindúes, hayan intentado definir una actitud con relación a él: se trataría de no dejarse doblegar; a fuerza de voluntad o de distanciamiento interior, superar el sufrimiento conservando, al mismo tiempo, la serenidad.

            Pero Jesús aporta algo enteramente nuevo. Él no murió en medio de la serenidad. Su agonía en el Huerto de los Olivos estuvo lleno de lágrimas. Tenía miedo, y "su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían a tierra".(Lc 22,44). Suplicaba: "Aparta de mi este cáliz". Y murió gritando en la cruz: "¡ Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?". (Mc 15,34).

            Es de suma importancia penetrar en el misterio del sufrimiento. No es una historia del pasado, algo superado por el progreso. Es la realidad de nuestro mundo de hoy, la realidad de nuestros hermanos y hermanas que están en países en guerra, la realidad de nuestros hermanos y hermanas enfermos, o en la cárcel, que tienen hambre, que no saben donde dormir, de aquellos a los que nadie quiere o que se encuentran solos, de los que están en duelo…Es la realidad de nuestro mundo.

            Para penetrar en este misterio del sufrimiento, para descubrir lo profundo que es nuestro miedo, os propongo tomar un texto del Evangelio de S. Mateo. Jesús acaba de confirmar a Pedro como la roca sobre la que iba a construirse la Iglesia. E inmediatamente después, en cuanto puso orden -que es muy importante en un grupo- "comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día". (Mt 16,21).

            En cuanto puso orden, pudo comenzar a decir: "voy a partir". Pero no lo dijo directamente, sino que empezó diciendo que iba a sufrir mucho, que iban a llevarlo a la muerte, que le iban a matar. Imaginad la angustia de aquellos hombres que le amaban, que lo habían dejado todo por Él, que debieron de ser objeto de burla por seguir a Jesús, que debieron de ser criticados por lanzarse así a la aventura, por confiar en un hombre que pasaba por allí…

            Se les vino todo abajo y, sobre todo, no podían soportar oír a Jesús decir que iba a sufrir mucho y a morir. Se derrumbaban todas sus esperanzas, era el triunfo de los que se burlaban de ellos.

            Entonces Pedro tuvo una reacción muy sorprendente. Llevó a Jesús aparte y se puso a reprenderle diciendo: "¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!". Como si le sacudiera para quitarle de la cabeza aquellas negras ideas y devolverle el optimismo, como si quisiera tranquilizarle. Y Jesús tuvo un reacción muy fuerte, llena de tristeza y quizá incluso de ira; exclamó: "¡quítate de mi vista, Satanás!". "¡quítate de mi vista, eres mi enemigo -este era el sentido de la palabra Satanás en hebreo-, estás tentándome y haciéndome daño".

            Y añadió: "¡escándalo eres para mí!", que se puede traducir también por: "eres para mí un obstáculo". Y hay un curioso juego de palabras, porque la palabra griega que nosotros traducimos como obstáculo o escándalo en sentido propio significa: "piedra con la que se tropieza". Jesús acababa de decir: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia," y ahora decía: "tú eres la piedra que me hace tropezar".

            La piedra sobre la cual está construida la Iglesia `puede convertirse en la piedra que causa escándalo, la misma Iglesia puede convertirse en la piedra con la que muchos tropiezan si deja de ser el rostro de Jesús y muestra una faz culturalmente correcta en la que no se le puede reconocer.

            Jesús prosiguió: "porque tus pensamiento no son los de Dios, sino los de los hombres". Es sumamente difícil penetrar en el pensamiento de Dios respecto del sufrimiento. Nuestra primera reacción es la de Pedro. El sufrimiento nos horroriza, nos remite a nuestro primer sufrimiento infantil, a esa experiencia que todos hemos tenido y que está en el corazón de nuestro corazón como una herida: el sufrimiento de ser rechazado, de no ser querido, de estar de más, de no ser amado.    

            Es verdad, el sufrimiento físico puede ser terrible; sin embargo, puede resultar soportable si se es ayudado y si se es amado. Pero el sufrimiento de no ser amado, de estar solo, es intolerable y hace todo insoportable.

            Nuestra reacción respecto del sufrimiento es muy profunda, muy violenta. El sufrimiento nos subleva y no entendemos su existencia. Es insoportable y no podemos encontrarle significado ni sentido.

            Jesús no ha venido a explicar el sufrimiento ni a justificar su existencia. Nos ha revelado algo distinto: que todo sufrimiento, toda herida puede convertirse en ofrenda, puede convertirse en fuente de vida y ser fecunda.

            Humanamente no es comprensible ni posible, solo mediante una gracia completamente nueva del Espíritu Santo podremos, no entender el sufrimiento -nunca lo entenderemos- sino aprender a ofrecerlo y a percibir ese don tan humilde, un misterio de amor y comunión que da vida al mundo.

Aceptar el misterio de la cruz

            Querría penetrar con vosotros en el corazón de Pedro para entender mejor su reacción respecto del sufrimiento y para entender también mejor lo que ocurre en el interior de nuestro propio corazón y ayudarnos a descubrir lo que es el Arca, porque el Arca, como sabéis, está fundada sobre el sufrimiento.

            El Arca nació por Luisito, Marcia Claudia, Eric…, porque ellos sufrían, porque estaban en medio de la angustia, porque de su aflicción brotaba un inmenso grito.

            Sí, El Arca está fundada sobre el sufrimiento, no sólo para intentar eliminar las causas del mismo -no siempre se puede-, sino para acoger al que sufre y amarlo.

            Si se acoge al que sufre, si se intenta comprenderle, si se le ayuda, si se le ama, su sufrimiento será menos gravoso y se transformará. Pero El Arca no es un hospital ni una escuela. en un hospital, las personas sanan o mueren, pero, en cualquier caso, llega un día en que se van. a la escuela se va a aprender y después se parte. Pero en El Arca se acoge a la gente para toda la vida. Se acoge a personas muy frágiles, muy heridas, muy angustiadas, que sin duda, se irán sosegando poco a poco,         que se serenarán lentamente en la confianza, pero no sanarán, y seguirán siendo pequeñas, frágiles, débiles, y, al envejecer, descubrirán otras fragilidades y debilidades, y se harán aún más pequeñas.

           Es verdad, las personas de el Arca se transforman, se vuelven más apacibles, más dichosas, pero no por ello Lita podrás marcharse mañana ni Claudia podrá ir a la universidad ni Luisito hablará; en todos persistirá su fragilidad.

            Para nosotros, llamados a vivir una alianza con personas que sufren, es de suma importancia comprender lo mejor posible como reaccionamos ante el sufrimiento; de hecho, es de suma importancia para todo el mundo. Todos hemos sido heridos o lo seremos o llegará el día en que encontremos en nuestro camino a un ser herido, y es muy importante para todos penetrar en el interior del sufrimiento.

            Pedro no soportaba el sufrimiento; y cuando Jesús fue detenido y maltratado, dijo por tres veces no conocer a aquel hombre. El Evangelio de Mateo dice incluso que se puso a jurar y a gritar : "yo no conozco a ese hombre". Pero Pedro no era un cobarde, sino un hombre valeroso, dispuesto a batirse por aquél a quien amaba, dispuesto a morir por Jesús. Le había dicho "yo daría la vida por ti". Y después protestó: "¡yo no conozco a ese hombre!".

            Algo se había quebrado en él. Comenzó a dudar, y era verdad que en aquel hombre herido y sufriente no reconocía a quien le había deslumbrado cuando la pesca milagrosa y le había arrastrado tras de sí; no reconocía al que le hablaba con autoridad y hacía milagros. Pero había sido seducido por un Jesús fuerte, poderoso, y le había seguido debido a aquel poder. Muchos entran así en el misterio y se hacen cristianos porque les deslumbra la gloria y el poder de Dios; lo que, sin embargo, no es más que la primera puerta.

            Pedro siguió a Jesús y fue testigo de sus curaciones, de la multiplicación de los panes, de la transfiguración, de la resurrección de Lázaro, del fervor de las multitudes…

            Había quedado fascinado por aquellas palabras libres, por la unidad entre lo que Jesús decía y lo que hacía, por la novedad y la fuerza de su palabra, que daba vida a todos.

            Le había entusiasmado aquel Jesús que no temía a los poderes establecidos, que denunciaba la hipocresía de muchos fariseos y escribas, que cerraba la boca con autoridad a los sabios y que liberaba a los pequeños del yugo tan pesado que les imponían. Pedro creyó verdaderamente que había hecho una buena elección, que estaba en el "equipo vencedor", que Jesús era ciertamente el Mesías que liberaría a Israel del invasor romano y que le devolvería la dignidad, la libertad y el poder. Él saboreaba ya ese triunfo mesiánico y creía que ya estaba allí, al alcance de la mano.

            Todos soñamos con estar en el equipo vencedor, ya sea en fútbol, en política e incluso en la Iglesia…Todos soñamos con formar parte de un grupo importante que cuente ante los ojos de los demás, soñamos con formar parte de un grupo que tenga razón y prevalezca sobre todos.

            Pero Jesús estaba perdiendo, y Pedro no lo soportaba. No comprendía, no podía comprender porque el Espíritu Santo aún no le había revelado, que Jesús iba a darle y a darnos la vida, no solo mediante su palabra, sus actos y sus milagros, sino mediante su sufrimiento y su muerte, mediante su pequeñez.

            Y a todos nosotros nos ocurre lo mismo. Debemos aprender a dar el paso, a comprender que el bendecido por Dios no es solo el que triunfa y acomete empresas, sino el que vive el fracaso en la confianza.

              Es verdad que cuando triunfamos en algo, en particular en el terreno religioso, nos sentimos bendecidos. Pero ¿cómo sentirse bendecido cuando se es rechazado?,¿cómo no ver el fracaso como algo negativo?; ¿cómo no escandalizarse de este gran fracaso de la v ida que es la muerte?, ¿cómo comprender que el bendecido por Dios es el que muere en la confianza a pesar de su sensación de ser rechazado?

            ¿Cómo puede creer el ser humano en el valor del fracaso?; ¿cómo puede creer en el valor de la vida de Inocente, Claudia y Luisito, en el valor de la vida de esos seres humanos que no han conocido nunca el éxito, de aquellos cuya vida ha comenzado en el fracaso, el fracaso de su cuerpo y su espíritu heridos y también el de la tristeza y rechazo?. Nosotros no podemos comprenderlo, pero Jesús hace nuevas todas las cosas para nosotros.

            Todos necesitamos identificarnos con un grupo fuerte que triunfe, e incluso aunque logremos acoger a las personas heridas y pobres, puede que juzguemos con dureza a una comunidad empobrecida y herida. Incluso en la Iglesia actual pueden darse reacciones curiosas y hasta el impulso inconsciente de admirar las fundaciones que crecen con rapidez, esas que suscitan muchas vocaciones, y la duda respecto de las comunidades sufrientes.

            Es muy difícil comprender y aceptar de verdad lo que sin duda es esencial en el mensaje de Jesús: la unión íntima entre la cruz, la Resurrección y la confianza en la prueba.

            Nosotros somos cristianos y, sin embargo, nos resulta difícil aceptar la Cruz: la adoramos, pero no la soportamos.

Vivir la compasión con María

            Pedro no soportaba el sufrimiento de Jesús y huyó. María estuvo al pie de la cruz, se mantuvo firme al pie de la cruz.

            María no conoció primero a un Jesús poderoso, sino que le conoció muy pequeño, como un bebé que ella llevaba en su seno, como un niño pequeño al que alimentó, llevó en brazos, lavó y proporcionó calor, un niño pequeño que necesitó ser amado. Quizá sea ese el mayor misterio de la Encarnación. El Dios hecho carne necesitaba ser amado como un niño pequeño para poder crecer en el amor, y María podía darle este amor incondicional, porque era transparente y estaba llena de gracia, era pura, es decir, sin mezcla.

            María no amaba debido al vacío de su ser, o a su carencia personal de amor, sino debido a la plenitud de su ser, porque era llena de gracia. Nosotros solemos amar debido a nuestro vacío interior, que intentamos así colmar, y solemos, por ello, intentar poseer a los que amamos: a nuestros hijos o a los miembros de nuestra familia o nuestra comunidad.

            María amaba de verdad y en plenitud. En ella todo estaba unificado, todo lo que hacía por Jesús lo hacía con Él. No se apresuraba a bañarle o a darle de comer para irse a rezar, sus gestos cotidianos eran en si mismo oración, porque ella tocaba el cuerpo de Jesús. Es importante comprenderlo y ver como la materia, el cuerpo, puede ser fuente de vida, presencia de Dios, sacramento.

            El sacramento es el lugar de la presencia de Dios. Por eso, el primer sacramento es el cuerpo de Jesús, él es sacramento para María . Y el pobre es sacramento para nosotros. Jesús dijo: " Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis " (Mt 25, 40).

            María tenía en sus brazos a un niño pequeño que era su Dios. Hay en ello un misterio del cuerpo de Jesús, un misterio del tacto que yo he entendido un poco mejor al tocar el cuerpo de Eric al bañarlo, al tenerlo en mis brazos con respeto y ternura, porque su cuerpo era templo de Dios. Yo le hablaba, pero era sordo y no me oía, así que mis gestos eran una manera de hablar.

            En el Arca somos muy sensibles a ese misterio del cuerpo de Jesús, porque  muchos hombres y mujeres de El Arca no entienden las palabras. El único medio de hacerles descubrir el amor de Dios es el tacto. Y debemos acercarnos a ellos y tocarlos con respeto, porque son sacramento, presencia de Dios.

           María tocaba el cuerpo de Jesús, llevaba en sus brazos a un niño pequeño que era su Dios. Esa fe de María es un gran misterio; no se escandalizaba de la pequeñez de Dios, de los gritos del niño, del hambre y las lágrimas de Jesús; no se escandalizó cuando Jesús fue crucificado, cuando era tan pequeño en la cruz, sufría terriblemente en la cruz.

          Jesús sufría en la cruz, sus sufrimientos físicos eran espantosos. Es importante comprender lo que Jesús vivió en la cruz, la tortura que es la crucifixión. Dado que sus brazos están alzados en el aire, el crucificado solo puede respirar apoyándose en las piernas y los pies para enderezarse y llenar los pulmones.

          Por eso, el Evangelio dice que los soldados romanos, para acelerar la muerte de los crucificados y para que los cuerpos pudieran ser retirados antes del sábado, les rompían las piernas. Como Jesús ya estaba muerto, no le rompieron las piernas, sino que le traspasaron el costado con una lanza.

           Veamos a Jesús durante las tres horas en las que tuvo que apoyarse en las piernas para lograr un poco de oxígeno; se asfixiaba poco a poco, apenas podía hablar; su agonía era lenta y terriblemente angustiosa. Veamos también que estaba desnudo; no se le representa así por pudor, pero los esclavos y las personas a las que se crucificaba eran despojados por entero de sus vestiduras, de su dignidad; ello añadía la humillación al castigo.

          Veamos que estaba solo. Todos sus amigos le habían abandonado: Pedro había dicho que no le conocía y estaba lejos, los demás discípulos también habían perdido la confianza, dudaban de Él, ya no creían ni en su misión ni en su palabra, y, para Jesús, aquello constituía un sufrimiento espantoso.

          En torno a Él, en cambio, había escribas y fariseos, toda un multitud llena de odio, que se reía, gozándose en su victoria, burlándose de aquel hombre que sufría y al que creían haber vencido.

          Y María estaba allí, en pie. No decía nada. Había oído a Jesús decir: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen", pero no había sido un grito, sino un mero suspiro que había salido de los labios de alguien que apenas podía respirar.

           María estaba allí pero no estaba escandalizada. Sabía que era la hora de Jesús. En Caná había oído decir a Jesús: "Todavía no ha llegado mi hora", y ahora María sabía que esa hora había llegado.

          En lo más profundo de su ser, sabía que el momento era importante, puede que la profecía de Isaías se repitiera en su corazón: ese misterio del siervo sufriente (Is 53), del hombre despreciado, sin belleza humana, varón de dolores, habituado al sufrimiento, por el cual el mundo es salvado.

          Es el gran misterio del Nuevo Testamento: somos salvados por un condenado. Por sus heridas somos curados. Era preciso que Cristo muriera para que su amor se hiciera explícito y llegara a su plenitud, para que sus sufrimientos fueran fuente de vida, una misteriosa puerta del cielo.

          Y María estaba allí. No estaba irritada contra los escribas y fariseos. No tenía miedo. No se sentía decepcionada. Todo su ser estaba orientado hacia Jesús, todo su ser le decía: "Confío en ti". Jesús había sido despojado de todo, lo había perdido todo, sufría terriblemente, pero tenía algo: su comunión con María. El Verbo vino al mundo en comunión con María y dejó el mundo también n comunión con ella.

          María estaba enteramente en comunión con Jesús y se ofrecía con Él al Padre. Su corazón estaba herido, traspasado por una espada -se cumplía la profecía de Simeón-, y su corazón traspasado, junto con todo el cuerpo y el corazón traspasado de Jesús, se ofrecía al Padre.

           A Jesús no le quedaba más que su Madre, estaba en comunión con ella. Sin embargo, en el último momento, como si se despojara de aquel último vínculo, le miró y le dijo: "Mujer, ahí tienes a tu hijo". Después dijo al discípulo amado: "Ahí tienes a tu madre". Imagino que en aquel momento María miraría a Juan, puede que incluso esbozase un gesto hacia él, no miraría a Jesús. En aquel momento, después de haber entregado a María y a Juan el uno al otro, Jesús dijo: "tengo sed". Lo que quiere decir, como es habitual en la Biblia: "estoy angustiado". E inmediatamente después, entregó el Espíritu. Murió.

          María nos enseña aquí algunos aspectos del misterio de la compasión, que es una de las realidades fundamentales de El Arca. Por eso María está en el corazón de El Arca. De ella es de quien debemos aprender a acompañar a las personas que nuca sanarán, que viven y vivirán con grandes angustias y profundas heridas.

          Para vivir en comunión con personas angustiadas y frágiles, para estar con ellas, para soportar las burlas o el desdén de los que están a nuestro alrededor y consideran que estamos perdiendo el tiempo, que podemos encontrar cosas mucho mejores que hacer, que nuestra vida es pequeña y no tiene sentido, es verdaderamente necesario que María esté en el corazón de nuestra vida, en el corazón de nuestras comunidades. El Arca está ligada a la Cruz y la vida oculta, al Gólgota y al Calvario, así como a Belén y Nazaret.

         El Jesús sufriente nos hace entrever el gran misterio del sufrimiento humano. Cada uno de nuestros sufrimientos, cada una de nuestras heridas, cada una de nuestras fragilidades, todo lo que está roto en nosotros, todo nuestro miedo a ser rechazados, a no tener sitio, toda nuestra angustia, nuestra confusión, nuestras dificultades para vivir pueden ser fuente de vida si las unimos a la Cruz de Jesús y a su Resurrección.

         No debemos, pues, encolerizarnos con nuestras heridas, con nuestros padres, con la sociedad, con los que nos han hecho daño, sino descubrir con Jesús que todo este sufrimiento no es inútil, que es como el estiércol, que mejora la tierra y la hace fructificar, que nada de ello se pierde, sino que Jesús lo recoge todo, acogiéndolo en sí y transformándolo para hacer de ello fuerza de vida.

         Jesús vino a hacernos descubrir el sufrimiento como ofrenda. Eso no quiere decir, que no haya que luchar para aliviar el sufrimiento. Cuando a alguien le duelen las muelas, no hay que tomarle la mano y decirle : "te amo", sino que hay que encontrarle cuanto antes un buen dentista; cuando alguien padece problemas psíquicos, debe consultarse cuanto antes con un psiquiatra; cuando hay dolor, hay que intentar hacer cesar ese dolor:  frente al sufrimiento, hay una compasión que es competencia..

          Pero cuando una madre acaba de perder a su hijo, cuando una mujer acaba de perder a su marido, cuando un joven acaba de saber que nunca volverá a andar, ya no se trata de competencia, sino de una compasión que es competencia.

          Cuando alguien se está muriendo, después de haber hecho todo lo posible por salvarle, debe haber alguien a su lado para no dejarle solo y para acompañarle hasta las puertas del cielo.

          En El Arca debemos tener estas dos formas de compasión; debemos saber curar y hacer curar a los que acogemos; es la compasión competencia. Pero debemos saber también que todos los cuidados del mundo, toda la competencia técnica no eliminarán ciertos dolores, no curarán ciertas angustias, no cicatrizarán ciertas heridas, y nosotros debemos aprender a estar ahí, en la compasión, como María.

         Debemos descubrir también con ella el misterio de nuestro propio sufrimiento, que podemos ofrecer con ella, en unión con Jesús, para dar vida al mundo.

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